De la teoría a la práctica

Asthanga Vinyasa Yoga se caracteriza por ser una práctica dinámica que coordina asanas (posturas) con la respiración (formando lo que se llama vinyasa). “Cada postura está meticulosamente diseñada con un número determinado de movimientos y respiración de manera que un alumno avanzado enlazará las postura siguiendo fielmente el ritmo de respiraciones y movimientos. La secuencia de posturas siempre será la misma y el alumno irá añadiendo posturas a medida que su práctica progresa. Aparte del sistema de vinyasa otros elementos serán determinantes para la práctica: la respiración Ujjayi (pranayama), los bandhas (cierres energéticos), el dristi (miradas) ayudan al practicante a concentrar y aumentar la energía a lo largo de la práctica.”
El beneficio inmediato de la práctica es desintoxicar el cuerpo a través de la transpiración y oxigenar la sangre gracias a las respiraciones profundas. Esto último también actúa sobre los órganos internos mejorando su funcionamiento. Pero el beneficio a largo plazo va mucho más allá. El fundador del Ashtanga Vinyasa Yoga fue Sri Pattabhi Jois, quien nació en India en julio de 1915.

Ashtanga se descompone en “ashto” = ocho y “anga” = miembros, pasos, partes o componentes. Vinyasa por su parte es “ir a través de”. Es esa combinación de movimiento que tiene base en el pranayama. Bailamos un vals yogui con nuestra respiración.

Así, los ocho pasos son:

Yama: Códigos morales (Ahimsa, Satya, Asteya, Brahmacharya, Aparigraha)
Niyama: Purificación personal (Saucha, Santosha, Tapas, Svadyaya, Ishvarapranidhana)
Asana: Posturas
Pranayama: Técnicas de respiración
Pratyahara: Retraer los sentidos de los objetos externos para iniciar la interiorización
Dharana: Concentración
Dhyana: Meditación
Samadhi: Contemplación o unión total del ser con Dios

Por lo general, nosotros, los mortales, comenzamos con lo “tangible”, las asanas. Vemos Yogis esculturales retorcerse y estirarse de formas casi inhumanas e inmediatamente (luego de años de estereotipos mentales y sociales) la mente dice: Quiero verme así de guapa al rotar mi torso en 180° sin que se me salga el asado que comí el sábado y los chocolates que deglutí el domingo lluvioso, viendo esa serie que tanto me gusta.
Pues no. Ya empecé con el pie izquierdo. Ni me veo así de guapa ni puedo esconder el pliegue inevitable que dejó la maternidad… ni los chocolates y el asado que, comentario aparte, me encantan.

Luego de 2 años de práctica y de comenzar mi formación como Instructora, comprendí que “verse guapa” no es el objetivo. Como tampoco lo es realizar la asana a la perfección en el primer intento. Como dije antes, se trata de tiempo y paciencia. Con uno mismo, con todo y con todos. Tarea cuasi titánica, por cierto.
La idea es que descubras que llevar las teorías a la práctica es complicado, frustrante y súper difícil. Que “los seres de luz” no se hacen de un día para el otro. Que en este recorrido ni empezás comiendo lechuga, ni levitando, por el contrario, a veces te encontrás diciéndote “¿qué estoy haciendo?, ni soy Budha ni Obi Wan Kenobi y definitivamente la fuerza no tiene ganas de acompañarme hoy”,  mientras abrís una cerveza… Pero aún así algo te insta a seguir intentando, a seguir esforzándote. Y al día siguiente ahí estás, subida en el mat, lista para conquistar el mundo… o por lo menos tu mundo, que ya es muchísimo.

Por ahí leí: “El Maestro también fue principiante alguna vez”, desconozco el autor, pero que frase más acertada. Hoy somos principiantes, pero algún día seremos Maestros, es cuestión de seguir practicando.

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Importante: Todas las asanas deben aprenderse con la guía de un Instructor calificado.
Nota: Originalmente posteado el 05/05/2014

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